EL ENIGMA DEL CASO HÁUSER

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Historia 1. Helen Black.

Alrededor de la una de la madrugada se escucharon una especie de sucesión de pasos sutiles pero firmes en la parte de arriba. Helen Black se quedó quieta en la cama. La última indicación que le había dado su señor fue que esa noche dormiría fuera. Así que en la casa solo quedaban ella y el jardinero, el cual dormía en su caseta y no disponía de las llaves de la buhardilla. Al cabo de unos instantes se escuchó un golpe, pero esta vez de forma repetitiva. Helen se asomó al pasillo y comprendió que el viento azotaba insistentemente el tragaluz al final del corredor. Se tranquilizó y le quitó importancia a los pasos, pensó que lo había imaginado y sería algo similar al ruido de la ventana. De nuevo tumbada en la cama, los nervios no acababan de disiparse. Seguía dándole vueltas a la última conversación con su señor. Para ella, las palabras de él habían sido la gota que rebasó un vaso lleno de injurias, acusaciones falsas, trato soez y machista. La rabia acumulada durante tantos años había alimentado la idea de deshacerse de él, pero se veía incapaz. A pesar de que tenía la Sal de Limón envuelta en doble paño en un diminuto compartimento en la parte baja de su escritorio, cuando empezaba a configurar el proyecto en su mente, el cortisol hacía subir su nivel de estrés de tal manera que su mente se nublaba, perdía la secuencia lógica de las cosas y necesitaba tumbarse. Tal era la angustia que le suponía realizar dicho plan.

 

Historia 2. Dick Thomas.

 – ¡Te dije que era peligroso! ¡Te lo avisé! Pero como siempre, no me hiciste caso. Tu siempre haces lo que te da la gana, sin consultarme. Ese dinero no es solo tuyo. ¿Lo recuerdas? Aunque seas el legítimo depositario, y el único que puede administrarlo, ese dinero también es mío. Nuestro padre lo dejó por escrito, y debes seguir las normas. ¿Me entiendes? No puedes jugarte en Bolsa ochenta mil dólares sin valorar los riesgos. ¡Sin consultarme! Tu eres médico, ¡por Dios! El catedrático de Economía por Harvard soy yo. Siempre haces lo mismo. ¿Crees que porque padre te tenía en alta estima, que porque eras su bien amado hijo, eres perfecto y te puedes salir con la tuya jugando a tu antojo con cualquier cosa, ya sea animal, objeto o humano? Tratas a los demás como simples cobayas de laboratorio, te regodeas y los humillas, elevándote a la categoría de dios supremo y omnipotente. ¿Y sabes qué? Solo eres un ser miserable y despreciable. Y además consigues que … ¿Me estás oyendo? ¡No me des la espalda! … ¡Eso! ¡Márchate! Escóndete en tu madriguera como una alimaña, como siempre haces.

 

Historia 3. Gary Gilmore.

Hacía una semana que no se habían visto. Anochecía y Gary lo esperaba con doméstica paciencia, como todos los viernes desde hacía un año, sentado en su Cabriolé estilo Luis XV, con dos elegantes copas y un vino Brunello di Montalcino sobre su sofisticada mesa veneciana. Escuchó el débil forcejeo de las llaves colándose en la cerradura. El latido del corazón se aceleró eufórico preparándose para otra noche rebosante de intimidad voluptuosa y de complacencia. De repente la atmósfera del comedor se quebró. Unas palabras ásperas y casi amenazantes de despedida almidonaron la ya invariable arrogancia de su amante. Con las manos aferradas a la cabeza gritando su desventura, el inerme lloraba y gemía. Aunque su verdugo se lo negaba, Gary le gritaba que le abandonaba porque había otro. Su último encuentro fue breve. Casi como un suspiro. Gary Gilmore no tuvo tiempo ni de retener el perfume de su amado que, tras el rápido portazo, se desdibujó en el aire. La angustia lo bloqueó ante una sola idea: había otro que ocupaba su lugar.

 

Historia 4. Gordon Fox.

Como pueden ustedes comprobar, la resolución de los casos de asesinato no son tarea sencilla. Hasta ahora les he mostrado los relativamente simples. El siguiente se enmarca entre los llamados casos Curvos, por su complejidad para averiguar el culpable, por el entramado laberíntico y por la densidad emocional que emana. Para los policías este tipo de investigaciones son las que más sueño nos quitan pero que con más deleite trabajamos. El caso Háuser es representativo. La víctima, el señor Kaspar Háuser de 52 años, fue hallado muerto a las 6:30 de la mañana, el primero de diciembre de 1919, tumbado sobre el sofá del comedor de su casa, en el número 36 de la avenida Soleto, en el residencial barrio de Forest Hill de San Francisco. La autopsia reveló en primer lugar, una salud excepcional, pasta a medio digerir en su estómago y una congestión en su cerebro y estómago, propia de los efectos de un envenenamiento. En segundo lugar, el cadáver presentaba diversas fracturas craneales, visibles en la parte trasera, debido a unos intestinos golpes producidos, que como luego supimos fue con un palo de béisbol viejo y raído. Y, por último, el cuerpo de Háuser, como pueden observar en la pantalla, mostraba heridas de arma blanca, con el cuchillo que estaba utilizando en su última cena, ya que el objeto fue encontrado en el suelo, justo al lado de la víctima, manchado de sangre. Como ven, cada hallazgo incrementaba el misterio, y surgían interrogantes. ¿Un mismo asesino elaboró un plan que incluyera diversas fases?, ¿por qué arriesgar tanto con el peligro que ello suponía?. La conclusión a la que llegaron los médicos forenses fue desconcertante para nuestro equipo de investigación, ya que la autopsia no era concluyente respecto a cuál de las tres armas utilizadas para provocar la muerte de la víctima era la responsable. No confirmaba la causa de la muerte porque el periodo transcurrido entre la ingesta de la sal de acederas, el golpe en la cabeza y el cuchillo, fue muy breve en relación a los tiempos establecidos para una muerte. Esto nos condujo a determinar que la resolución del caso pasaba por encontrar a los culpables, y en función de lo sucedido en el escenario del crimen valorar quién era el asesino material. En esta diapositiva pueden contemplar un esquema del transcurso de los hechos. Tras analizar todos los datos, descartamos la hipótesis de que una persona quisiera asegurarse la muerte de Háuser a través de tres formas distintas. Seguimos la pista más clara, las huellas dactilares encontradas en el cuchillo. Pista que nos condujo al novio de la víctima, Gary Gilmore, quien confesó deliberadamente, aunque negó haber usado sal de acederas ni un bate. Su testimonio se circunscribe a un impulso de rabia a causa de los celos, ya que cuando llegó hacia las doce y media de la noche, cerca de la casa de la víctima, vio salir a un hombre alto y corpulento. Al entrar en el comedor vio al señor Háuser tumbado en el sofá, descamisado, con sudor en el cuerpo y, supuestamente, durmiendo. Una combinación de hechos que Gilmore interpretó en clave sexual.

 

EL ENIGMA DEL CASO HÁUSER 1

 

El rastreo de la casa nos facilitó otro indicio. En el suelo de la habitación de la ama de llaves, la señora Helen Black, se localizó diminutos restos de sal de acederas. Sal que guardaba en el escritorio, envuelto en un paquete de tela con el nombre Sal de Limón. En el interrogatorio rompió a llorar y se desmoronó. Declaró que había puesto dicha sal en la cena y que, nerviosa, decidió desaparecer esa noche e irse a casa de su hermana, arrepintiéndose, pero sin ser capaz de deshacer lo sucedido porque la aversión que sentía hacia el señor Kaspar Háuser era superior a su compasión cristiana. Pero señaló que ella no le había golpeado ni acuchillado.

Para finalizar el puzle, la única pista que nos llevaba hasta el tercer culpable era el detalle que nos aportó el señor Gary Gilmore cuando nos habló del hombre alto y fornido que salía de la casa por la noche. Antes de localizarlo, pudimos concluir que los golpes fueron perpetrados mientras la víctima estaba aún sentada a la mesa, ya que había restos de astillas de la misma madera que el bate tanto en el plato y en la mesa, como sobre el sofá. Aunque habíamos investigado a las personas más cercanas, todas tenían una coartada. No fue hasta dos días después cuando averiguamos que de la cuenta del señor Háuser se había realizado un traspaso de todo su dinero a la cuenta de su hermano. A pesar de que el testamento paterno de la víctima indicaba que en el caso de fallecer antes que su hermano, el dinero recaería en manos de este, Dick Thomas. Esto nos hizo sospechar un posible móvil de asesinato. El hermano coincidía con el hombre alto y corpulento, y después de hacer los análisis pertinentes, los resultados apuntaban a que solo una persona con dichas características podía haber trasladado el cuerpo robusto y grueso de Háuser. Y, además, en el maletero de su coche encontramos un bate de béisbol, el cual nos dijo que dicho bate era un recuerdo que le había regalado el padre de ambos a su hermano Kaspar cuándo este tenía catorce años, y que lo guardaba celosamente en la buhardilla de la casa. Un objeto que, posteriormente confesó, le producía profundo dolor y rabia, y con el cual quiso poner fin a lo que el señor Dick consideraba una injusticia.

Señoras y señores, como no se pudo averiguar cuál de las tres acciones causó realmente la muerte de la víctima, en el juicio los tres acusados fueron declarados solo culpables de ‘intento’ de homicidio, y la justicia no pudo declarar a ninguno como culpable material del asesinato del señor Kaspar Háuser.

 

The End.

 

 

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