Historia de un remordimiento (2)

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En aquel preciso instante, como si de una olla a presión se tratara, los recuerdos explotaron dentro de mí y fueron desfilando con perfecta diligencia delante de mis ojos. El aroma a café de cardamomo entrelazándose con la atronadora voz de aquel hombre de traje negro y sombrero de Fedora me hizo retroceder treinta y dos años, y un sudor frío se empezó a apoderar de mi cuerpo bloqueando todo mi sistema nervioso y atrapándome en mi lejana mirada infantil.

Mi padre me sostenía con ternura sobre sus piernas mientras me relataba el cuento que más me gustaba, aquel en el que yo era un héroe y con mi astucia y mi fuerza derribaba al malvado Gaigar.

¡Yo soy el héroe más fuerte y poderoso del universo, papá!

Es cierto, eres el más fuerte y el único pelirrojo –se rió mi padre.

En la cocina mi madre preparaba el café de papá. Y justo cuando estábamos llegando al final del cuento y yo mantenía los brazos y las manos alzados festejando mi victoria frente a Gaigar, tres balas atravesaron el cristal del salón. Mi padre corrió y me escondió dentro de la despensa de la cocina. Allí, arremolinado sobre los botes de tomate y guisantes en conserva, escuchaba cómo los pasos se aceleraban, sin dirección. No era capaz de mirar por las rendijas de la las batientes maderas marroquinas. Los cristales de la puerta de la cocina cayeron con tal fuerza al suelo igual que si lo atravesasen. El grito ahogado de mi madre se perdió entre el alboroto. Escuchaba la voz opaca e incomprensible de mi padre que debía de estar tapada por alguien. Más disparos. Me quedé paralizado, notaba cómo me faltaba la respiración. Y de repente, sentí que los pasos se detuvieron y alguien con autoridad suficiente para parar aquel caos ordenó con feroz contundencia:

Quitaos los zapatos.

La voz rota de mi madre pidiendo clemencia y su llanto inconsolable me inundaba el cuerpo de dolor. Oí cómo mi padre respondió “no lo tenemos, una mujer vestida de negro con labios de color rojo hacía unos días se lo llevó. La respuesta fue el sonido del angustia al retorcerleel gran cuerpo de mi padre y después un golpe fuerte y seco contra el suelo. Mi madre chilló. Dos disparos. De nuevo movimiento aleatorio de pasos y de repente el silencio. No recuerdo cuánto tiempo estuve escondido. Se abrió la puerta de la despensa y vi a mi tío, me abrazó con un desconsuelo y una calidez infinita.

Treinta y dos años después, en plena investigación del caso Aro en el funeral del padre de Sophie, mientras el café de cardamomo llenaba la taza de cada uno de los presentes y el hombre de traje negro y sombrero Fedora exigía que todos nos quitásemos los zapatos, comprendí que tenía delante de mí al asesino de mis padres.

Después de aquel negro y profundo día de finales de otoño, mis cinco años de inocente vida quedaron sesgados en dos mitades. La fresca y crédula mirada infantil sobre el entorno luchabacontra la incipiente comprensión de la envolvente realidad y se abría paso una mescolanza de luces y sombras con voluntad propia que con el tiempo se fueron transfigurando en rostros, voces, aromas, sonidos y texturas; unas me daban cobijo y seguridad, mientras otras me desgarraban la fina piel de la inocencia.

 

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