El fin del mundo a cucharadas

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<<Al señor que llevaba meses pensando en tirarse o no por el balcón, el fin del mundo lo pilló en el balcón, decidiendo si se tiraba o no. Doña Karina miraba desde el salón. Estaba haciendo una sopa de letras de las fáciles, de las que casi no incluyen palabras en diagonal ni de abajo arriba.
 
―Bueno, qué, ¿te tiras o no?
―¡No me pongas más nervioso!
―Nerviosa me pones tú a mí, que me tienes contenta.
―No es tan fácil como parece…
―Que si me tiro, que si no me tiro… Ahora me tiro, ahora no me tiro… ¡Si es un saltito y ya!
―¿Un saltito? Asómate y me lo dices.
―No tengo yo otra cosa mejor que hacer…
―Creo que tengo vértigo, cariño.
―¡Pues no mires abajo!
―Es que ya he mirado.
―Fíjate en tu primo Eustaquio, que Dios lo tenga en su gloria. Dijo que se tiraba y se tiró. Ese sí que era un hombre de palabra. Un hombre de los pies a la cabeza.
―Ahora está muerto…
―Cuentan que cayó de pie, como los gatos. Ya no quedan hombres así.
―Dudo mucho que cayera de pie.
―Seguro que no estuvo mareando a su santa esposa, que si ahora sí, que si ahora no, que si me quedo que si me voy.
―No te creas todo lo que dicen en los rellanos. Sé de buena tinta que lo empujó ella.
―¡Cansino! ¡Que eres un cansino! Llevas tres meses con la misma cantinela…
―¿Y si espero a mañana?
―Solo a ti se te ocurre tirarte por el balcón cuando se acaba el mundo. No había otro día, no…
―¿Y si caigo encima de alguien?
―¿De quién?
―Pues no sé… De cualquiera que quiera vivir un día más y que esté pasando justo por debajo en ese momento. ¿Y si es alguien conocido?
―¡Pues apunta, hijo, apunta!
―Sabes que la puntería no es lo mío.
―Esto es un sexto, tampoco vas a tardar tres horas.
―En realidad es un séptimo, cariño… La entreplanta también cuenta.
―¿Quieres que te lo calcule?
―Si no te importa… Puede que sea lo último que te pida…
 
Doña Karina dejó el librito de los pasatiempos en el reposabrazos y sacó el móvil del bolsillo a regañadientes. Era un Alcatel One Touch Easy edición especial abuelos, con unos números enormes y muy pocos botones.
 
―Aquí dice que lo primero que hay que hacer es determinar si vas a caer a una velocidad constante o si piensas acelerar por el camino.
―¿Acelerar? ¿Para qué voy a acelerar?
―Si te tiras igual que conduces, que vas pisando huevos, apaga y vámonos.
―¿Tengo que decidirlo ahora?
―Pues me vendría bien, la verdad. Quiero saber cuántos vamos a ser para cenar… De nada sirve que te saque la velocidad promedio si vas a acelerar sin avisar. Aquí lo pone bien claro.
―Es que no solo depende de mí… Hay factores externos que también influyen.
―Mira que te gusta llamar la atención. Si al final ni te tiras ni nada, como que me llamo Karina.
―Supongo que caeré a una velocidad constante… Digo yo que será más fácil. Que luego el viento sople en contra o a favor lo tendría que ver sobre la marcha.
―Marcha, ¡eso es lo que a ti te falta!
―No tendremos por casualidad un anemómetro en algún cajón…
―¿Quieres dejar ya de pedirme cosas?
―Estoy pensando que a lo mejor me tiro desde la ventana de la cocina.
―¿Me vas a hacer levantar?
―En el patio nunca hay nadie. Da igual si con los nervios acelero sin querer o no.
―¡Con lo a gusto que yo estaba haciendo mi sopita de letras!
―Caería más tranquilo sabiendo que no me llevo a nadie por delante.
―Mira, haz lo que quieras. Pero luego no me vengas quejándote de que te has quedado enganchado en una cuerda. Yo me desentiendo.
―¿Cuerda? ¿Qué cuerda?
―¿Qué cuerda va a ser? ¡Cualquiera de las del patio! Aparte de la velocidad y la distancia a recorrer, tendrías que tener en cuenta las bragas y los calzoncillos que te vas a ir zampando según caes. Sin olvidar la posibilidad de quedarte enganchado en un tenderete y de asfixiarte antes de besar el suelo, claro.
―¡Virgen del amor hermoso!
―Yo creo que es mejor que te tires desde el balcón. Y no lo digo solo por no tener que levantarme, que también. Te advierto que la del cuarto usa bragas de esparto y ayer puso la lavadora.
«Ahogamiento por braga… de esparto. ¡Qué espanto!».
―¿Cómo lo sabes?
–Son muchos años ya… Nos conocemos como si nos hubiéramos parido las unas a las otras.
―Puede que sea la peor idea que haya tenido, fíjate lo que te digo.
―No seas modesto, anda.
―¿Te importa si cenamos primero y luego ya veo si me tiro o no?
―De postre hay flan.
―A nadie le salen los flanes como a ti, amor mío.
―Eso ya lo sé yo.
―Hasta haces que se me quiten las ganas de tirarme…
―¡Mira que eres veleta! >>.
 
Este es un trocito de El fin del mundo a cucharadas: una novela de humor y otras catástrofes, mi primer libro. No hay nada que me guste más que escribir humor. Disponible en papel y también en ebook.
 
El fin del mundo a cucharadas

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2 comentarios en “El fin del mundo a cucharadas

    1. Correcto, aquí a la gente le gusta ir muuuuuy cómoda a hacer la compra, saltan del sofá al auto, sin pasar por el armario 😛
      Y bueno, si conoces a alguien que le guste leer libros de humor, yo feliz de ser regalado 😇.

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